“Si te hace caso, has ganado a tu hermano”

Oración inicial: Señor, creo en las personas que construyen una tierra libre, fraterna y solidaria. Creo en la fuerza del amor, en el perdón y en la paz. Creo en las manos que levantan a los que cayeron al borde del camino. Creo en el respeto y la tolerancia que acoge a cada cual como es. Creo en Dios, Padre de todos, amigo y compañero de camino. Creo en las personas, reflejos del amor de Dios.

Texto Bíblico: Mateo 18, 15-20

«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.

«Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. «Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Preguntas para reflexionar personalmente o en grupo:

  • ¿Cuáles son los pasos a seguir al hacer una corrección cuando un hermano cae en un pecado o en un error?
  • ¿Qué puede significar eso de desatar y desatar?
  • ¿De qué manera podemos conseguir algo que estamos pidiendo a Dios?
  • ¿Cuándo podemos estar seguros de que Dios está con nosotros?

¿Qué dice el texto?

La corrección fraterna y el poder de perdonar. Estos versículos traen normas simples de cómo proceder en caso de conflicto en la comunidad. Si un hermano o una hermana pecan, esto es, si hubiera un comportamiento no acorde con la vida de la comunidad, no se debe inmediatamente denunciarlo/la.

Primero, tratemos de saber los motivos del otro. Si no diera resultado, llevemos a dos o tres personas de la comunidad para ver si se consigue algún resultado. Sólo en caso extremo, hay que llevar el problema a toda la comunidad. Y si la persona no quisiese escuchar a la comunidad, que sea para ti “como un publicano o un pagano”, esto es, como alguien que ya no forma parte de la comunidad. No es que tú estás excluyendo, pero es la persona, ella misma, que se excluye. La comunidad reunida apenas constata y ratifica la exclusión. La gracia de poder perdonar y reconciliar en nombre de Dios fue dada a Pedro (Mt 16,19), a los apóstoles (Jn 20,23) y la comunidad misma está llamada a reconciliar a sus miembros. Esto revela la importancia de las decisiones que la comunidad toma con relación a sus miembros.

La oración en común. La exclusión no significa que la persona sea abandonada a su propia suerte. ¡No! Puede estar separada de la comunidad, pero nunca estará separada de Dios. En caso de que la conversación en la comunidad no llegue a buen fin, y la persona no quisiese integrarse en la vida de la comunidad, queda como último recurso el rezar juntos al Padre para conseguir la reconciliación. Y Jesús garantiza que el Padre escuchará: “Os aseguro también que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos.”

¿Qué me dice el texto?

Lo que hay en el fondo de este modo cristiano de afrontar el pecado ajeno es precisamente considerar que el problema del otro es también el mío, es decir, que el Pueblo de Dios que Jesús ha puesto en marcha es co-responsable de su salvación.

Formamos parte de una misma comunidad de origen y destino. Somos ese nuevo Pueblo que camina junto en la peregrinación apasionante de la vida y de la fe. Por eso no es indiferente que otros vivan en la luz o en la tiniebla, en la verdad o en la mentira, en el amor o en el egoísmo.

Puedo y debo reprender al otro, cuando también yo me pongo en el punto de mira, porque es la Verdad de Dios la que juzga: tanto al otro como a mí. No se avisa o se reprende al otro porque en mí no exista la limitación, sino porque existe deseo tanto para él como para mí, de vivir en la Verdad. Porque vivir en cristiano no es ser impecables, sino desear dejar de ser pecadores. No tanto por nuestro esfuerzo cuanto por la Gracia de Dios. Por eso es posible la alegría y la esperanza aun en medio de nuestras fragilidades y cansancios.

¿Qué compromisos puedo hacer?

  • Haré un examen de conciencia para ser consciente de mis propias debilidades y, así, mirar al otro con más humildad.
  • Tendré el valor de hacer corrección fraterna a un hermano, pero lo haré con verdadera caridad hacia él.
  • Me reuniré a orar con un grupo de familiares o amigos en el nombre de Jesús.

Oración final:

Si tu hermano peca…Sé presencia viva de la misericordia de Dios, muéstrale su amor, sé, el amigo y compañero que escucha y sabe esperar, el que lo consueles y le fortalezcas, el que le ayudes a experimentar la bondad del Señor.

Sé el que lo sostengas, el que le ayudes a cambiar de vida, el instrumento de Dios para ayudarle a volver; la palabra amiga que alienta y estimula. Sé el que lo acompañes en su vuelta al Señor, el que le hagas sentir su misericordia y el perdón de Dios.

Sé tú, el que vayas a su encuentro, el que le hagas sentir la alegría por su regreso. Sé, el que le ayudes a recomenzar, un hermano y un amigo para él.

Míralo con los ojos y el corazón de Dios.