María en la historia de la Salvación

Hemos oído hablar mucho de la Virgen, de su respuesta a Jesús, su devoción y muchos otros aspectos maravillosos de su vida. Ahora me dirijo a Usted respetuosamente para que veamos juntos el papel preponderante, y por tanto, su importancia en el plan de la revelación de Dios a la humanidad; por tal motivo este artículo no es sólo para leerlo, es más que todo para estudiarlo y aplicarlo a nuestra vida de discípulos misioneros de Jesús.

Para ello contemplemos a María en la revelación, es decir en toda la manifestación de Dios a la humanidad, en la forma concreta como Dios a lo largo de la historia se ha mostrado, reconociendo que “Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía” (cfr. Catecismo, 51).

Siendo así, la importancia de María radica en el hecho de que ella al concebir a Jesús en su vientre y en su corazón discipular, se abre a la revelación y además muestra a Jesús a partir de su vida a los demás. Entonces le invito a abrir la Biblia, y mirar cómo, al querer Dios darse a conocer en su palabra escrita, dicha revelación se enmarca en cada etapa de la historia de la Virgen María.

Lea conmigo Génesis 3, 15. Aquí empieza la revelación de Dios al hombre. Allí el Señor Dios ya hace un anuncio inicial. Dice a la serpiente, símbolo bíblico del demonio: “pondré enemistad entre ti (demonio) y la mujer, entre tu descendencia (la del demonio) y la suya, la de la mujer”. Este es el texto llamado Protoevangelio, es decir, primera buena nueva, donde frente al pecado, la reacción del Señor no fue castigar a los culpables, sino hablarles con misericordia.

Los estudios bíblicos y teológicos indican que esta mujer anunciada aquí es la Virgen María, y su descendencia es Cristo. Ahora, cerrando este marco de la revelación divina, veamos estimado lector o lectora el libro del Apocalipsis, último de la revelación bíblica y ahí nos encontramos con la revelación culminante (Capitulo 12). Esa “mujer vestida de sol, la luna a sus pies coronada con doce estrellas” no puede ser otra que la mujer anunciada en el Génesis. Con justa razón María es asociada a la obra salvífica de su Hijo, pues además estuvo plenamente comprometida en la lucha contra el pecado y por así es considerada Inmaculada.

Pero el papel y la presencia de María Virgen no para aquí, debido a que, en el momento culminante de la revelación de Dios, cuando Él mismo quiso que su Palabra se hiciera presente espiritual y físicamente, como corona de esa creación, allí también está la mujer anunciada en el Génesis y aparecida en el cielo, (Apocalipsis) para que, en su seno virginal, se formara el cuerpo santísimo de Cristo, Dios y Hombre por obra y gracia del Espíritu Santo. Ya Isaías había anunciado con nueve siglos de anticipación este hecho hermoso, como muestra definitiva del gran amor de Dios a la humanidad (Is. 7, 14); y se cumplió esta profecía en María (Lc. 1, 26), en la mujer anunciada en el Génesis, recordada por Isaías y presente en San Lucas.

Es la misma a quien Cristo desde la cruz nos deja como madre (Jn. 29, 27), y para profundizar su papel en la revelación y en la Iglesia, basta mirar el nacimiento de la Iglesia y su inauguración oficial en el mundo, el día de Pentecostés, cuando llega a los apóstoles y a la Virgen María el Espíritu Santo. Ahí está María en oración, animando a los Apóstoles para continuar la obra de Cristo en la tierra.

¿Seremos capaces algún día de dejar de lado a María la Virgen en nuestra vida? ¡IMPOSIBLE!

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