Mi Devoción a la Santísima Virgen María

Mi historia con la Virgen comienza desde que tengo uso de razón.  Por alguna especial razón, al nacer, mi papá decide llamarme Piedad, que según una definición de un buscador en internet significa “Virtud que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas y por el amor al prójimo, actos de amor y compasión”.

Cuando estaba niña mi mamá me vistió como la Virgen María para un acto religioso en una “Izada de Banderas”, como se le llamaba en el kínder de esa época, ya hace muchos años. Mi amor por la Virgen crecía al ver las imágenes de esta hermosa mujer, de mirada dulce y tierna acogida, en su advocación de la Medalla Milagrosa, de hecho, terminé bachillerato en un colegio que lleva su nombre, aquí en Santa Marta, con las hermanas Dominicas de la Presentación.

En mi época juvenil, de desenfreno y alegría, como es normal, sentí su abrigo protector en algunos momentos especiales, que hoy recuerdo y digo: “¡Cómo me ayudaste, Virgen María!” Hoy que tengo conformado un hogar, con un esposo maravilloso y unas hijas que han sido mi bendición, con altos y bajos, como es normal en todas las familias, no hago sino dar gracias a Dios y a la intercesión de la Santísima Virgen María por todo lo que me han permitido vivir. 

En 2014, me consagré al Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen María, bajo el método de San Luis de Montfort, de los 33 días.  No volví a renovar mi consagración hasta el año 2017, en el que, haciendo un Rosario, la Virgen me transmitía un mensaje sobre propagar las consagraciones para que muchas personas conozcan su Inmaculado corazón y de ella al Corazón de Jesús. 

A partir del 07 de abril del 2017, cuando viví esa experiencia de amor, comprendí  que se conmemoraban los 100 años de la primera aparición de la Virgen de Fátima a los tres pastorcitos en Portugal,  el 13 de mayo de 1917, por lo cual  rezo el Rosario todos los días, procuro confesarme regularmente,  participar todos los días en la Eucaristía,  visitar el Santísimo y año tras año, preparar con el grupo de consagrados, a muchos para que conozcan el amor hermoso de la Madre, a través de la consagración a su corazón Inmaculado.  Es por amor, que lo hago.  Por amor a la Madre y a su Hijo Jesucristo.  Por amor a Dios.

En mis momentos de tribulación hago el Rosario con tal devoción, que espero pacientemente la respuesta de Jesús a la petición que la Virgen le hace por mí.   Mi vida ha sido una vida bonita, con todo lo bueno y no tan bueno. Ha sido así porque le dije sí a seguir a la Virgen María como modelo de mujer, madre y discípula; así como Ella le dijo “sí” a Dios. Mi invitación es a que se consagren al Inmaculado Corazón de la Virgen María y de ella consagrarnos al Inmaculado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo.

“Consagrarse a María Santísima significa recurrir a su auxilio y ofrecernos a nosotros mismos y ofrecer la humanidad a Aquel que es Santo, infinitamente Santo; valerse de su auxilio — recurriendo a su Corazón de Madre abierto junto a la Cruz al amor para con todos los hombres y para con el mundo entero — para ofrecer el mundo, y el hombre, y la humanidad, y todas las naciones, a Aquel que es infinitamente Santo.”— San Juan Pablo II, homilía en Fátima (13 de mayo de 1982).

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