“No se trata de vivir sino de ser”

Hemos escuchado que la fraternidad es un valor universal, que cobra importancia en la construcción de una sociedad justa y solidaria. Visto desde lo ético, es una virtud que busca la unidad y el bienestar común. En las relaciones internacionales, este valor se refiere a la cooperación y solidaridad entre naciones y pueblos. Históricamente es uno de los valores fundamentales de la Revolución Francesa, que en su momento representó la idea que todos los hombres deben tratarse como hermanos promoviendo la cohesión social y la cooperación en el amor.

¿Cómo entender la fraternidad cristiana? En San Juan 15, 12-37 Jesús da a los discípulos el testamento de su amor, hasta enseñarles que ese amor produce identidad indeleble: “ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Jn 15,14). Allí el Señor recuerda que las relaciones interpersonales están por encima del egoísmo y la soberbia. No se basan en intereses personales, sino que nuestra realización personal se encamina al amor con la misma intensidad con la que Él nos ha amado. Esto nos hace comprender que el amor al que nos invita el Señor a vivir no es sólo una imitación (mimesis), sino una prolongación de su obra en nuestra vida.

En la vida del ministro ordenado, comprendemos que desde el mismo día de nuestra ordenación formamos una fraternidad sacramental con nuestro obispo que está supeditada en el mismo hecho de tener conciencia de una misión en común. (Pastores Dabo Vobis 71). Con respecto a lo anterior, en el siglo IV, San Cipriano de Cartago, afirma que “el vínculo de la fraternidad debe ser fuerte entre los sacerdotes, ya que todos están llamados a un solo ministerio y a una sola misión” (Carta 60, 3).  Entonces se entiende que la comunión entre los presbíteros nos diría Monseñor José Mario Bacci en la Misa Crismal del año pasado, “es un reflejo de la comunión de la Iglesia misma”.

Y es que la fraternidad sacerdotal siempre ha sido una preocupación en la vida eclesial, porque en ella se ha encontrado, un medio para superar las crisis provocadas por la soledad, el activismo, aislamiento, burnout e inclusive la pérdida de identidad y entre tantas tentaciones donde la vida del sacerdote está supeditada en el día a día. En definitiva, la fraternidad es un don que nos permite sostener nuestra misión.

Consientes del hecho de “dejarnos cuidar”, la experiencia de fraternidad que tenemos los presbíteros en el Arciprestazgo de San Luis Beltrán (del Río), ha sido determinada en que somos egresados de nuestro Seminario Mayor San José, lugar  donde desarrollamos relaciones sólidas y significativas; que participamos constantemente de las celebraciones de las fiestas patronales de nuestras parroquias, que son un momento auténtico de la expresión de fe de nuestras comunidades y además siguiendo las orientaciones de la Vicaría de Pastoral, vivimos experiencias arciprestales cada dos meses. Podemos mencionar otras actividades, pero estas nos han permitido comprender que vivir la fraternidad no sólo fortalece la vida espiritual y pastoral, sino que es un testimonio de unidad y amor para toda la Iglesia.

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