Obediencia sacerdotal

El día de la ordenación sacerdotal se promete al obispo obediencia. Se trata de una comunión jerárquica querida por Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, en la relación del presbítero con el propio obispo. De este modo se hace partícipe ontológicamente del sacerdocio y del ministerio de Cristo.

Del obispo, en efecto, se recibe la potestad sacramental y la autorización jerárquica para tal ministerio. La Exhortación Apostólica Post-sinodal Pastores Dabo Vobis, afirma: «En verdad no se da ministerio sacerdotal sino en la comunión con el Sumo Pontífice y con el Colegio episcopal, particularmente con el proprio Obispo, hacia los cuales debe observarse obediencia y respeto» (PDV 28).

Es por esta unión en la comunión sacramental que el presbítero es ayuda e instrumento del orden episcopal. En su ministerio prolonga la acción del obispo, del cual se hace presente su figura de Padre y Pastor. Un presbítero no puede actuar sin comunión con su Obispo.

A propósito de esto, el Concilio sugiera una vía: «las relaciones entre los Obispos y los Sacerdotes deben fundarse principalmente en los vínculos de la caridad sobrenatural» (ChD 28), caridad que mira a evidenciar una relación que supera la relación funcional radicándose en la realidad de la familia presbiteral de la que el Obispo es el Padre y el Pastor. Es esta caridad sobrenatural la que favorece y consolida la colaboración con el Obispo, haciendo más fructuosa la común acción pastoral al servicio de las almas (cf. El Sacerdote y el Obispo. «Prometes a mi y a mis sucesores. reverencia y obediencia? ¡Prometo!»: Del Rito de la Ordenación).

Obediencia por amor a la Iglesia

El amor a la Iglesia, como misterio de comunión para la misión, se aprende del amor del mismo Cristo, que “amó a la Iglesia y se entregó en sacrificio por ella” (Ef 5,25). Citando a Juan Pablo II, cuando afirmaba que “la Eucaristía es absolutamente el centro de mi vida y de cada jornada” (Discurso del 27 de octubre de 1995, a los treinta años del Decreto Presbyterorum Ordinis), el Papa Benedicto XVI comenta: “Del mismo modo, la obediencia a Cristo, que corrige la desobediencia de Adán, se concretiza en la obediencia eclesial, que para el sacerdote es, en la práctica cotidiana, en primer lugar, su propio Obispo” (Benedicto XVI, Discurso 13 mayo).

La comunidad primitiva era “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32), porque, al celebrar la “fracción del pan” (la Eucaristía), sabían “escuchar” con fidelidad y con actitud de oración la predicación apostólica: “Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42).   Esta comunión expresa la unión interna de corazones que se debe manifestar en la unidad, y nace del amor a Cristo y a su Iglesia. Es amor que sólo se puede aprender en intimidad con el mismo Cristo, presente en la Eucaristía y escondido en la palabra predicada por los Apóstoles. Es, pues, “comunión” y escucha-obediencia amada y vivida afectiva y efectivamente.

La pregunta de Jesús a Pedro (¿”me amas”? cf. Jn 21,15-19) para comunicarle el “Primado” en pastoreo, nos debe interpelar a nosotros mismos, como pastores del mismo rebaño. La respuesta de Pedro, “tú sabes que te amo”, es también la nuestra. De esta manera, es que vivimos en comunión con quien “preside la caridad” universal, es decir con Pedro y sus sucesores. Nuestra “obediencia”, vivida con amor, es parte esencial de nuestra espiritualidad sacerdotal. La comunión con el propio Obispo forma parte de esta misma vivencia eucarística y sacerdotal, para construir la “fraternidad sacramental” en el Presbiterio (Presbyterorum Ordinis, n. 8).

La celebración eucarística nos une a Cristo, dejándonos transformar por él, también en su obediencia a los designios del Padre. Por esto, nuestra obediencia “personifica a Cristo obediente” (Benedicto XVI, Discurso 13 mayo) (cf. Tema para la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes: 3 junio 2005)

Presbíteros, colaboradores del obispo

Los presbíteros son los más cercanos colaboradores del Obispo, los próvidos colaboradores, dice el Concilio, Digamos que son los más prójimos, los hijos mayores, los hermanos más cercanos. Por esta razón, debe existir el deseo de conformar una familia presbiteral, cuya cabeza y paternidad radican en el Obispo, en quien detenta el carisma episcopal.

No se puede olvidar, que la comunión de los sacerdotes con el obispo redunda en bien de la gente, de los fieles. De unas buenas relaciones los mayores beneficiarios son los fieles, las comunidades. En cualquier circunstancia, pensemos en el bien de la gente. Si uno de nosotros decide romper con esta comunión, rompe con Cristo y con la Iglesia.