Reflexión de una maestra

El gran maestro de todos los tiempos, a través de su vida, además de cumplir con la voluntad del Padre, nos dejó muchísimas enseñanzas sintetizadas en una sola frase: “Yo soy el camino, la verdad y la vida ” (Juan 14, 6). Piensa en esto y vuelve oración tu pensamiento.

Durante 20 años, en el ejercicio de formar y guiar a docentes, estudiantes y padres de familia en una institución educativa, mi familia y yo, siempre tuvimos la convicción de que todas las obras son hechas con y para Dios, ya que sin Él sería vano nuestro ejercer y vocación.

Efesios 4, 11-12: “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros, a fin de capacitar al Pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el Cuerpo de Cristo”; y los laicos no estamos exentos de esta responsabilidad, ya que, en lo mucho que Dios nos da, todo lo que hagamos será poco para agradecer y aunque no sea meritorio, el hacerlo siempre será nuestro regocijo para servir a Dios en todo momento.

Desde este punto de vista, una institución educativa es un espacio para evangelizar a todas las familias, que, de una u otra manera, llegan con sus diferencias, dificultades, desánimos, perdidos en la desesperanza y es allí donde nuestra herramienta pedagógica, la oración, abre una puerta espiritual que les da una esperanza para seguir adelante.

Por ello durante el año escolar, hay sin números de actividades programadas según el plan de estudios, la catequesis y orientación espiritual, y a pesar que somos católicos, tenemos en la población estudiantil, familias de otras entidades, dentro las cuales hay un respeto mutuo y una oración constante unificada. Eso es un logro para nosotros, porque somos una familia que vivimos en la gracia de Dios, porque en diferencias Dios nos une.